18 años después, el Olympique de Marsella volvió a proclamarse hoy campeón de la Ligue1 francesa, tras ganar por 3-1 al Rennes. Si misterioso fue lo que le pasó al Inter de Milán entre 1989 y 2006, incapaz de ganar el Scudetto a pesar de sus numerosos fichajes de renombre, o lo que le sucede al Liverpool desde 1990 en la Premier, en la que no hay forma de ganar el título, lo mismo se podría aplicar al Olympique,que hasta peregrinó por la Ligue2 tras su escándalo por corrupción a inicios de los 90.
Son muchos los futbolistas y entrenadores que han pasado por el Velódrome desde entonces, incapaces de encontrar el camino del éxito y aguantar la fuerte presión que supone jugar en el club más popular de Francia. Hasta que llegó el pasado verano Didier Deschamps al banquillo del Olympique y la suerte del club empezó a cambiar. Deschamps llegó junto al fichaje estrella de la temporada, el argentino Lucho González, y otros hombres que han terminado siendo clave como Heinze, Abriel, Diawara, Mbia o Edouard Cissé.
Deschamps empezó la temporada con dos victorias, aunque el arranque se deslució luego con dos empates y con un juego que no invitaba a pensar que terminaría llevándose el título. Pero tras la derrota por 2-0 a finales de enero en Montpellier, el Olympique puso la directa con 12 victorias y 2 empates en las catorce jornadas siguientes, que le han llevado a proclamarse campeón tras los pinchazos que han ido sufriendo otros candidatos como el Lyon, el Girondins o el Auxerre.
El primer aviso del sprint final vino con la victoria en la Copa de la Liga ante el Girondins, en el que era el primer título de importancia en muchos años que conseguía el club. Cuando el equipo asimiló el 4-3-3 que Deschamps planteó desde el inicio, el Marsella fue una máquina imparable para el resto de equipos de la Ligue1.
Steve Mandanda fue indiscutible bajo los palos y el segundo portero menos goleado del campeonato. Los veteranos Bonnart y Diawara fueron los únicos que tuvieron su posición fija en la defensa, el primero como lateral derecho y el segundo como central diestro, aunque sin llegar a rendir como lo hacía en el Girondins. El camerunés Taiwo y Heinze se repartieron el lateral izquierdo, aunque el técnico optó a veces por poner a Heinze de central o la gran novedad, bajar al centrocampista Stéphane Mbia hasta el eje de la defensa, aprovechando su gran capacidad física y de recuperación del balón.
El mismo Mbia o Edouard Cissé se encargaron del trabajo defensivo en el centro del campo, guardando las espaldas a Lucho González y Charles Kaobré, una de las revelaciones en el tramo final. A Gonzáles le costó adaptarse al fútbol francés y al juego del equipo, pero cuando cogió el ritmo, se convirtió en la auténtica estrella, gracias a su técnica, su visión de juego y su extraordinario físico.
Fernando Morientes, también llegado esta temporada, ha tenido un papel más que testimonial en ataque, en el que destacaron Mamadou Niang con sus goles y Hatem Ben Arfa con su fútbol, sin duda, de los más talentosos de Francia, aunque lo muestre muy a menudo. Mathieu Valbuena fue la pieza que usó Deschamps otras veces por la banda derecha, mientras que el toscón pero efectivo Brandao fue quien más jugó como delantero centro, aprovechando su garra, su juego de espaldas y su trabajo ante las defensas rivales.
Pero sin duda, la clave del éxito es Didier Deschamps, quien ha impuesto al equipo el mismo sello que tenía él como jugador, poco vistoso pero muy trabajador y efectivo, para recuperar la alegría de una afición y un club hundidos en la miseria de las temporadas en blanco los últimos años, con la única alegría de ver en una situación igual o peor a su odiado PSG y el único consuelo de ganar el clásico del norte contra el sur de Francia.

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